Mapas debajo de la mesa

Existen artistas autores de obras que son, siempre, siempre, absoluto gozo para los sentidos. José Antonio Chanivet al que conozco desde hace muchos, muchos, años -del tiempo heroico e imborrable en el que el gran Manolo Alés ejercía su determinante sacerdocio artístico-, ha quemado muchas etapas como artista, ha desarrollado una obra justa, serena, sabia, consciente y de carácter; ha evolucionado sensatamente, para mejor, para infinitamente mejor. Desde el primer momento que descubrí su obra, fue un placer para los sentidos y un goce eterno para el espíritu. Y no ha cambiado nada desde entonces. Sus comparecencias son agradecidas, crean entusiasmo, jamás te defraudan y levantan la máxima expectación; acudes a ellas sabiendo que te vas a reencontrar con un Arte importante, sin tiempo ni edad, con una pintura convencida para él y convincente para los demás. Lo hemos visto en muchas exposiciones, en numerosos certámenes de los que ha obtenido unánimes reconocimientos; premios que han puesto en valor y han hecho justicia a una obra sin resquicios para la duda.

Con José Antonio Chanivet siempre me remito a las palabras infalibles del maestro Alés: “a este niño hay que tenerlo siempre cerca”. Era verdad; es autor de una pintura que te llena, intransferible, poderosa, culta en la forma por su estructura compositiva y en el fondo por el patrimonio conceptual que encierra, afortunada por el espíritu plástico que la envuelve y única por la dimensión artística que determina.

La exposición que se presenta en la sala municipal portuense nos conduce por una pintura sabia por dentro y por fuera. Tras su contundente planteamiento dibujístico, con la energía constitutiva del lápiz como única herramienta, nos pone en la sintonía total de una obra que marca claramente las rutas de un proceso. El artista retoma su historia artística, bucea en la memoria de su producción y vuelve a hacer suya, a darle protagonismo inmediato, aquella realidad que fue suspendida en su momento para acceder a otras posiciones creativas.

No es una, estrictamente, una exposición retrospectiva ni recoge los trabajos de otros momentos para contar la historia de un discurrir artístico. En esta ocasión, José Antonio Chanivet acude a su poderoso trabajo pretérito para, desde sus esquemas interrumpidos, desde sus registros aparcados en el tiempo, dotarlos de una nueva identidad. Rescata del tiempo sus formas, vuelve a descubrir las inmensas posibilidades que reposan en ellas y las dota de un sentido artístico que continúa aquel proceso que la historia interrumpió.

La muestra nos presenta trece grandes obras, más una serie de pequeño formato, con el carbón como patrón principal de una oferta pictórica que funde ficción y realidad en unos escenarios donde el blanco y el negro dibujan un escenario para que en él transcurra la representación de un argumento con múltiples posiciones ilustrativas, con lo concreto diluyendo su concepto primario y dejando libre la percepción del espectador para que reafirme una identidad que el autor propone para que todo sea susceptible de crear esquemas imaginativos.

Los dibujos de Chanivet provocan una sosegada inquietud, marcan rutas a la mirada pero no le impone su máxima potestad representativa. En ellos lo real queda desmitificado; existe una meditada tensión entre lo mediato y lo inmediato, entre lo ausente y lo presente, entre lo que la vista abarca y lo que el alma atisba. Y todo mediante una fórmula artística que vuelve a suponer el gozo máximo de los sentidos.

Bernardo Palomo. Diario de Cádiz.

Sala Alfonso X El Sabio. Ayuntamiento de El Puerto de Santa María. Abril – mayo 2017.